Este
es el título de la columna publicada en el diario El País
el viernes 14 de julio de 2017.
Este
autor siempre me ha parecido un converso al nacionalismo. Por regla
general los conversos acaban siendo los militantes más radicales, no
se si por remordimiento de conciencia o por quedar bien ante sus
compañeros. Es el típico
hegeliano de izquierdas que ha abandonado el discurso social,
económico y laboral de la izquierda tradicional, y lo ha sustituido
por la identidad y la organización institucional del Estado. Este
es un problema generalizado en toda la izquierda, no ya española,
mundial más bien. La banca y los empresarios están encantados con
ello, claro.
Su
tesis principal con respecto al
proceso independentista catalán es muy obvio y en realidad aporta
muy poco: los nacionalistas no tienen suficiente fuerza, es decir
votos, para exigir un referéndum y, a
la vez, el
gobierno del Partido Popular tampoco tiene la suficiente fuerza como
para doblegar al poder hegemónico de los nacionalistas en Cataluña.
En consecuencia conviene negociar.
Esto
es
el
planteamiento racional, con el que básicamente o,
al menos, desde el punto de vista formal,
estoy de acuerdo. Lo
malo es que los nacionalistas catalanes nunca plantearon sus
reivindicaciones desde un aspecto racional, sino que han usado y
manipulado las emociones… y
la educación, todo hay que decirlo.
Continúan haciéndolo y me temo que continuarán, mientras
tengan poder.
Ramoneda
no suele entrar, o
si entra lo
hace de puntillas,
en las contradicciones del nacionalismo o
incluso en su rostro totalitario,
el
cual se muestra cada vez más sin
enmascarar. En
cambio lanza todos sus esfuerzos intelectuales en echar la culpa al
Partido Popular
por negarse a negociar las reivindicaciones nacionalistas (que
no catalanas, ojo).
Esto
es algo típico de la izquierda española: haga lo que haga el
Partido Popular está mal y hay que ir en contra, estableciendo
así una falacia: la imposibilidad de ser de izquierdas y, a
la vez,
apoyar algo en algún momento al Partido
Popular
o
a Ciudadanos.
Si
criticas el nacionalismo, no puedes ser de izquierdas, que es lo que
afirma
también el diputado Rufián.
En
este artículo Ramoneda viene a decir que la Constitución
de un Estado se debe adaptar a la sociedad. De
nuevo otra formalidad: las leyes
son
modificables y han
de
adaptarse paulatinamente a los tiempos. ¿Existe
alguien que no esté de acuerdo con esta generalización?
Me
recuerda a la eficacia de la consigna “derecho a decidir”, que se
puede traducir como: ¿quiere usted ser escuchado y participar en la
vida pública o prefiere ser ninguneado? ¿Existe alguien que no
quiera decidir sobre los asuntos que le conciernen?
No
obstante
todas las constituciones tienen vocación de perdurar en el
tiempo, porque no se puede hacer una constitución para cada
generación. De hecho todas son así. ¿Significa
eso que no se pueden modificar? Por supuesto que no, son
modificables, pero hay que precisarlo, tal artículo y nueva
redacción, por supuesto tras un debate serio y riguroso, donde
prevalezca el
conocimiento, la
racionalidad y se tengan en cuenta las posibles consecuencias. Ni qué decir tiene que las emociones del momento deben ser soslayadas.
Pero
lo que me parece importante es la parte final del artículo, lo
cito:
“Dicen
que en mayo Puigdemont pidió a Rajoy negociar una salida y que el
presidente le exigió la retirada del referéndum. Puigdemont
respondió: “No puedo”, sería “una claudicación”. Si al
inicio de la crisis, hace cinco años, Rajoy hubiese actuado con
diligencia ni Mas ni Puigdemont le hubieran podido dar esta
respuesta”.
De
nuevo la culpa y responsabilidad última la hace recaer en el Partido
Popular. Se le olvida al hegeliano Ramoneda un asunto muy importante
y que ya explicó Gustavo Bueno: ¿qué ocurre cuando te pones en el
punto de vista del otro, reconoces su postura, entiendes su visión y
su interpretación de la realidad, y aún así sigues estando en
desacuerdo?
Porque
una cosa que Ramoneda, y otros muchos,
parece olvidar es la distinción entre entender algo y estar de
acuerdo con ese algo. Como dijo Gustavo Bueno,
eso no se arregla con diálogo, sino que ya se arregla con una lucha
de poder, con
violencia llegó a decir el viejo profesor, más aristotélico
escolástico que marxista.
Si estuviéramos en el siglo XIX o en los años 30, los nacionalistas
catalanes ya se habían alzado
en armas.
Afortunadamente estamos en el siglo XXI y los conflictos políticos
se dirimen de otra manera. Algo
hemos avanzado.
A
Ramoneda suelo oírle todos los días en su Dietario de la
Cadena Ser y nunca entra en el debate de lo que implica de verdad el
nacionalismo. Nunca habla de la posibilidad de convertir en
extranjeros a la mitad de los ciudadanos de Cataluña, por poner un
solo ejemplo. Cualquier ciudadano de Cataluña puede acudir a Madrid,
a Zamora, a Sevilla con todos sus derechos y, por supuesto,
presentarse a oposiciones; en cambio, con la obligación del idioma,
que en última instancia es una barrera para el mercado laboral, los
ciudadanos de otras provincias no pueden competir en el mercado de
trabajo catalán, algo que se ha ido extendiendo a las otras
Comunidades Autónomas bilingües. Ramoneda nunca ha planteado ese
problema, ni tampoco parece que le interese a la izquierda.
Se
habla mucho (y por supuesto se debe hablar y denunciar) de la
corrupción del Partido Popular, pero Ramoneda, ni la izquierda en
general, hablan de que los nacionalistas no son más que un grupo de
unos cuantos o unas cuantas familias, que dominan y controlan a una
población y la
mayoría de los
recursos en un territorio concreto. No
habla de la tupida red clientelar creada por Jordi Pujol durante
años, basada en ubicar en los puestos clave de la administración a
personas militantes con la idea nacionalista. De hecho, el único trabajo que han tenido muchos de los políticos nacionalistas catalanes ha sido en la administración autonómica, nunca en la empresa privada, lo cual dice mucho de esa red clientelar. En última instancia no
deja de ser un caso muy evidente
de caciquismo del siglo XIX, o incluso de feudalismo de los siglos
XIII y XIV. Este clientelismo se tapa con las espectaculares
manifestaciones de los 11 de septiembre.
En
realidad, lo que más me molesta de todo este fenómeno no es tanto
la postura nacionalista, que ya de por sí es inaceptable, sino la
ceguera de la izquierda, al haber sustituido el discurso y el
análisis social, laboral y económico por la identidad. El no ver o
no querer ver, que es lo peor de todo, la manipulación que hacen los
nacionalistas. El cambio de los significados, el cambio de la
realidad para ajustarla a su ideología. Ejemplo: el atentado de
Hipercor en Barcelona fue culpa de la policía, que se retrasó a
posta para que estallara la bomba. Esta fue la justificación de los
nacionalistas vascos en aquella época. Y la izquierda no parece
haber aprendido.
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