sábado, 15 de julio de 2017

Josep Ramoneda, El marco y la foto.

Este es el título de la columna publicada en el diario El País el viernes 14 de julio de 2017.

Este autor siempre me ha parecido un converso al nacionalismo. Por regla general los conversos acaban siendo los militantes más radicales, no se si por remordimiento de conciencia o por quedar bien ante sus compañeros. Es el típico hegeliano de izquierdas que ha abandonado el discurso social, económico y laboral de la izquierda tradicional, y lo ha sustituido por la identidad y la organización institucional del Estado. Este es un problema generalizado en toda la izquierda, no ya española, mundial más bien. La banca y los empresarios están encantados con ello, claro.

Su tesis principal con respecto al proceso independentista catalán es muy obvio y en realidad aporta muy poco: los nacionalistas no tienen suficiente fuerza, es decir votos, para exigir un referéndum y, a la vez, el gobierno del Partido Popular tampoco tiene la suficiente fuerza como para doblegar al poder hegemónico de los nacionalistas en Cataluña. En consecuencia conviene negociar.

Esto es el planteamiento racional, con el que básicamente o, al menos, desde el punto de vista formal, estoy de acuerdo. Lo malo es que los nacionalistas catalanes nunca plantearon sus reivindicaciones desde un aspecto racional, sino que han usado y manipulado las emociones… y la educación, todo hay que decirlo. Continúan haciéndolo y me temo que continuarán, mientras tengan poder.

Ramoneda no suele entrar, o si entra lo hace de puntillas, en las contradicciones del nacionalismo o incluso en su rostro totalitario, el cual se muestra cada vez más sin enmascarar. En cambio lanza todos sus esfuerzos intelectuales en echar la culpa al Partido Popular por negarse a negociar las reivindicaciones nacionalistas (que no catalanas, ojo).

Esto es algo típico de la izquierda española: haga lo que haga el Partido Popular está mal y hay que ir en contra, estableciendo así una falacia: la imposibilidad de ser de izquierdas y, a la vez, apoyar algo en algún momento al Partido Popular o a Ciudadanos. Si criticas el nacionalismo, no puedes ser de izquierdas, que es lo que afirma también el diputado Rufián.

En este artículo Ramoneda viene a decir que la Constitución de un Estado se debe adaptar a la sociedad. De nuevo otra formalidad: las leyes son modificables y han de adaptarse paulatinamente a los tiempos. ¿Existe alguien que no esté de acuerdo con esta generalización? Me recuerda a la eficacia de la consigna “derecho a decidir”, que se puede traducir como: ¿quiere usted ser escuchado y participar en la vida pública o prefiere ser ninguneado? ¿Existe alguien que no quiera decidir sobre los asuntos que le conciernen?

No obstante todas las constituciones tienen vocación de perdurar en el tiempo, porque no se puede hacer una constitución para cada generación. De hecho todas son así. ¿Significa eso que no se pueden modificar? Por supuesto que no, son modificables, pero hay que precisarlo, tal artículo y nueva redacción, por supuesto tras un debate serio y riguroso, donde prevalezca el conocimiento, la racionalidad y se tengan en cuenta las posibles consecuencias. Ni qué decir tiene que las emociones del momento deben ser soslayadas.

Pero lo que me parece importante es la parte final del artículo, lo cito:

Dicen que en mayo Puigdemont pidió a Rajoy negociar una salida y que el presidente le exigió la retirada del referéndum. Puigdemont respondió: “No puedo”, sería “una claudicación”. Si al inicio de la crisis, hace cinco años, Rajoy hubiese actuado con diligencia ni Mas ni Puigdemont le hubieran podido dar esta respuesta”.

De nuevo la culpa y responsabilidad última la hace recaer en el Partido Popular. Se le olvida al hegeliano Ramoneda un asunto muy importante y que ya explicó Gustavo Bueno: ¿qué ocurre cuando te pones en el punto de vista del otro, reconoces su postura, entiendes su visión y su interpretación de la realidad, y aún así sigues estando en desacuerdo?

Porque una cosa que Ramoneda, y otros muchos, parece olvidar es la distinción entre entender algo y estar de acuerdo con ese algo. Como dijo Gustavo Bueno, eso no se arregla con diálogo, sino que ya se arregla con una lucha de poder, con violencia llegó a decir el viejo profesor, más aristotélico escolástico que marxista. Si estuviéramos en el siglo XIX o en los años 30, los nacionalistas catalanes ya se habían alzado en armas. Afortunadamente estamos en el siglo XXI y los conflictos políticos se dirimen de otra manera. Algo hemos avanzado.

A Ramoneda suelo oírle todos los días en su Dietario de la Cadena Ser y nunca entra en el debate de lo que implica de verdad el nacionalismo. Nunca habla de la posibilidad de convertir en extranjeros a la mitad de los ciudadanos de Cataluña, por poner un solo ejemplo. Cualquier ciudadano de Cataluña puede acudir a Madrid, a Zamora, a Sevilla con todos sus derechos y, por supuesto, presentarse a oposiciones; en cambio, con la obligación del idioma, que en última instancia es una barrera para el mercado laboral, los ciudadanos de otras provincias no pueden competir en el mercado de trabajo catalán, algo que se ha ido extendiendo a las otras Comunidades Autónomas bilingües. Ramoneda nunca ha planteado ese problema, ni tampoco parece que le interese a la izquierda.

Se habla mucho (y por supuesto se debe hablar y denunciar) de la corrupción del Partido Popular, pero Ramoneda, ni la izquierda en general, hablan de que los nacionalistas no son más que un grupo de unos cuantos o unas cuantas familias, que dominan y controlan a una población y la mayoría de los recursos en un territorio concreto. No habla de la tupida red clientelar creada por Jordi Pujol durante años, basada en ubicar en los puestos clave de la administración a personas militantes con la idea nacionalista. De hecho, el único trabajo que han tenido muchos de los políticos nacionalistas catalanes ha sido en la administración autonómica, nunca en la empresa privada, lo cual dice mucho de esa red clientelar. En última instancia no deja de ser un caso muy evidente de caciquismo del siglo XIX, o incluso de feudalismo de los siglos XIII y XIV. Este clientelismo se tapa con las espectaculares manifestaciones de los 11 de septiembre.


En realidad, lo que más me molesta de todo este fenómeno no es tanto la postura nacionalista, que ya de por sí es inaceptable, sino la ceguera de la izquierda, al haber sustituido el discurso y el análisis social, laboral y económico por la identidad. El no ver o no querer ver, que es lo peor de todo, la manipulación que hacen los nacionalistas. El cambio de los significados, el cambio de la realidad para ajustarla a su ideología. Ejemplo: el atentado de Hipercor en Barcelona fue culpa de la policía, que se retrasó a posta para que estallara la bomba. Esta fue la justificación de los nacionalistas vascos en aquella época. Y la izquierda no parece haber aprendido.

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